Colorado del monte Usuario Activo

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Publicado: Mie Oct 24, 2007 7:42 pm Asunto: La vergüenza de Diego García |
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La vergüenza de Diego García
Andy Worthington
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Una de las historias más sórdidas y de más larga trayectoria en la historia colonial anglo-estadounidense – la de Diego García, la principal isla del archipiélago Chagos en el Océano Índico – volvió a alzar su fea cabeza el viernes cuando el comité de asuntos exteriores compuesto por todos los partidos del Reino Unido anunció planes para investigar afirmaciones que venían de largo de que desde 2002 la CIA ha retenido e interrogado a sospechosos de al Qaeda en una prisión secreta en la isla.
La vergonzosa historia de Diego García comenzó en 1961, cuando fue seleccionada por los militares de EE.UU. como una base geopolítica esencial. Ignorando el hecho de que ya había 2.000 personas viviendo en el lugar, y que la isla – una colonia británica desde la caída de Napoleón – había sido colonizada a fines del Siglo XVIII por plantadores de coco franceses, que llevaron jornaleros africanos e indios de las Islas Mauricio, estableciendo lo que John Pilger llamó “una afable nación criolla con prósperas aldeas, una escuela, un hospital, una iglesia, una prisión, un ferrocarril, muelles, una plantación de copra,” el gobierno laborista de Harold Wilson conspiró con los gobiernos de Lyndon Johnson y Richard Nixon para “barrer” y “desinfectar” las islas (las palabras provienen de documentos estadounidenses que fueron posteriormente desclasificados).
Aunque numerosos isleños hacen remontar su ascendencia a cinco generaciones, un responsable del Foreign Office (ministerio de exteriores británico) escribió en 1966 que el objetivo del gobierno era “convertir a todos los residentes existentes... en residentes a corto plazo, temporales,” para poder exiliarlos a las Islas Mauricio. Después de haber sacado a los “tarzanes o sirvientes para todo,” como describiera un memorando británico a los habitantes, los británicos cedieron efectivamente el control de las islas a los estadounidenses que establecieron una base en Diego García, la que, con el pasar de los años, ha llegado a ser conocida como “Campo Justicia,” completa con 2.000 soldados, anclaje para 30 barcos de guerra, un vertedero nuclear, una estación de satélites espía, centros comerciales, bares y un campo de golf.” Las islas fueron despejadas tan exhaustivamente, y el procedimiento fue tan oculto, que en los años setenta el Ministerio de Defensa británico tuvo el descaro de insistir: “No hay nada en nuestros archivos sobre una población y una evacuación.”
Sufriendo en exilio, los isleños de Diego García, los chagosianos, han luchado en vano por obtener el derecho de volver a su hogar ancestral, logrando una sorprendente victoria en la Alta Corte en 2000, que dictaminó que su expulsión fue ilegal, y sufriendo luego un revés en 2003 cuando, con un autoritarismo típicamente despótico, Tony Blair invocó una antigua y arcaica “prerrogativa real” para volver a abatir sus demandas. Aunque la corte de apelaciones revocó esta decisión en mayo de 2006, dictaminando que el derecho de los isleños al retorno era “una de las libertades más fundamentales conocidas por los seres humanos,” queda por ver cómo este tardío reconocimiento judicial de sus derechos puede ser adaptado a la insistencia estadounidense de que su archipiélago militar-industrial continúe limpio de extraños.
En su resistencia contra las demandas de los isleños, Blair y el Foreign Office protegían claramente los intereses de sus aliados estadounidenses, para los cuales la importancia geopolítica de Diego García como una base estratégica ha aumentado recientemente por su uso, y el uso de algunos de los barcos anclados allí, como prisiones en ultramar fabulosamente remotas en las cuales pueden retener e interrogar a sospechosos de “alto valor” de al Qaeda.
La sospecha, que ha prometido investigar el comité de asuntos exteriores, es que en Diego García los estadounidenses encontraron a un socio muchísimo más anuente en la tortura – el gobierno británico – que los que han encontrado en la mayoría de otros lugares escogidos para prisiones secretas de la CIA. Según varios informes conocidos desde hace años, los otros socios de los estadounidenses en el juego de la tortura en ultramar – Tailandia, Polonia y Rumania, por ejemplo – sólo estuvieron dispuestos a ser remunerados durante un cierto tiempo antes de que les entrara miedo y enviaran a la CIA a hacer sus maletas.
Queda por ver si el comité investigará a fondo o no. La obra benéfica legal Reprieve basada en Gran Bretaña, que ha solicitado desde hace un cierto tiempo una investigación semejante, ya señaló al comité en un planteamiento que cree que el gobierno británico es “potencialmente un cómplice sistemático en los crímenes más serios contra la humanidad de desapariciones, torturas y detención incomunicada prolongada.” Clive Stafford Smith, director legal de Reprieve, dijo al Guardian que es “absoluta y categóricamente seguro” que se ha retenido a prisioneros en la isla.
Al ser cuestionado por parlamentarios diligentes como Andrew Tyrie, el miembro conservador del parlamento de Chichester, que es un acérrimo oponente del uso por la CIA de “entregas extraordinarias,” el gobierno británico ha sostenido persistentemente que cree en las “garantías” dadas por el gobierno de EE.UU. de que ningún sospechoso de terrorismo ha sido retenido en la isla, pero existen varias razones convincentes para concluir, al contrario, que el gobierno en realidad está diciendo verdades a medias.
Estudios de aviones utilizados por la CIA para su programa de entregas han establecido que el 11 de septiembre de 2002, el día en el que el complotador del 11-S Ramzi bin al-Shibh fue capturado después de un tiroteo en Karachi, uno de los aviones de la CIA voló de Washington a Diego García, vía Atenas. Bin al-Shibh no volvió a aparecer hasta septiembre de 2006, cuando fue trasladado a Guantánamo, y no ha hablado de sus experiencias. A diferencia de su supuesto mentor Khalid Sheikh Mohammed, se negó a participar en su tribunal en Guantánamo anteriormente durante este año, pero no es la única pieza del puzzle de la tortura que ha sido reconstruida por investigadores diligentes.
En junio de 2006, Dick Marty, un senador suizo que produjo un informe detallado sobre las “entregas extraordinarias” para el Consejo de Europa, también concluyó que Diego García fue utilizada como una prisión secreta. Después de hablar con importantes agentes de la CIA durante su investigación, declaró al Parlamento Europeo: “Hemos recibido confirmaciones convergentes de que agencias de EE.UU. han utilizado Diego García, que es de responsabilidad legal internacional del Reino Unido, en el ‘procesamiento’ de detenidos de alto valor.”
Anecdóticamente, los resultados de Marty han sido confirmados por otras fuentes. Manfred Novak, Relator Especial sobre la cuestión de la Tortura de la ONU, declaró que oyó de “fuentes fiables” que EE.UU. ha “retenido a prisioneros en barcos en el Océano Índico,” y detenidos en Guantánamo también mencionaron a sus abogados que fueron retenidos en barcos de EE.UU. – aparte de los retenidos en el USS Bataan y el USS Peleliu, que mencioné en mi libro “The Guantánamo Files.” Un detenido declaró a un investigador de Reprieve: “Uno de mis compañeros prisioneros en Guantánamo estuvo embarcado en un barco estadounidense con unos 50 otros antes de llegar a Guantánamo. Me dijo que había unas 50 personas adicionales en el barco; todos estaban encerrados abajo. Los detenidos en el barco fueron golpeados aún más severamente que en Guantánamo.”
La evidencia más incriminadora de todas, sin embargo, provino no de oponentes de Guantánamo o, indirectamente, de los sometidos a algunos de los abusos más horrendos del régimen, sino de una honrada persona con acceso a información privilegiada, Barry McCaffrey, un general de cuatro estrellas de EE.UU. en retiro, que es ahora profesor de estudios de seguridad internacional en la academia militar de West Point, al que se le escapó dos veces que Diego García ha sido utilizada para retener a presuntos terroristas, como se han esforzado por sostener los oponentes del gobierno. En mayo de 2004 declaró despreocupadamente: “Probablemente retenemos a unas 3.000 personas, sabe, en el aeropuerto Bagram, Diego García, Guantánamo, en 16 campos en todo Iraq,” y en diciembre de 2006 de nuevo volvió a soltar la pepa, diciendo: “Están tras las rejas... los tenemos en Diego García, en el aeropuerto Bagram, en Guantánamo.”
¿Necesitamos más pruebas?
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Andy Worthington es historiador británico, y autor de “The Guantánamo Files: The Stories of the 774 Detainees in America's Illegal Prison” (que será publicado por Pluto Press en octubre de 2007).
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=58039
PRIMER PLANO / LA INVASION / El reportaje
Diego García: los deportados del paraíso
En 1985, los habitantes de esta isla del Indico fueron expulsados sin contemplaciones para instalar la base militar de EEUU
J. M. G. LE CLEZIO
Habría podido ser el paraíso. Perdido en el Océano Indico, a más de 2.000 kilómetros de Isla Mauricio y de las Seichelles, un archipiélago de islas de coral sembrado sobre bancos de arena blanca, que encierran lagunas color turquesa. Cada isla luce su cabellera de cocoteros inclinados por la dulzura de los alisios, lejos de cualquier ciclón. Para los habitantes de estas islas, fue, en efecto, durante generaciones, no el paraíso, pero sí su país, un país suspendido entre el cielo y el mar, donde la vida no era nada idílica.
Los chagosianos, la mayoría de ellos descendientes de esclavos africanos importados a la isla por los franceses en el siglo XVIII, tenían que trabajar duro en la fábrica de copra, recibiendo como salario unas escasas raciones de víveres y de productos de primera necesidad, de tal forma que vivían fuera de cualquier sistema monetario, lo cual les hacía todavía más vulnerables.Pero, por lo demás, podían pescar libremente los peces que abundaban en las lagunas vecinas, cultivar su huerta o criar sus pollos o sus cabras.
Dos veces al mes, el barco que hacía la travesía entre Isla Mauricio y Diego García aportaba noticias del mundo exterior, así como los complementos en víveres y en mercancías que podían comprar, con mucho esfuerzo, en la tienda de la compañía.
La situación habría podido durar eternamente y Chagos podría haberse deslizado dulcemente en el nuevo milenio con la gracia elegante de las sociedades criollas o incluso recoger un poco de ese maná providencial que la industria turística aportó a sus vecinas, las Seichelles y las Mascareñas.
En 1968, en el momento en que Gran Bretaña negociaba la independencia de sus colonias del Océano Indico, se olvidó de los chagosianos.Y no sólo se olvidó de ellos, sino que quedaron borrados, víctimas de uno de esos tremendos atropellos que cometieron a mansalva las potencias coloniales, tanto más que iba acompañado de un considerable beneficio.
En la isla más al sur del archipiélago, Diego García, los ingleses habían establecido una base naval con un extraordinario puerto natural. Estábamos entonces en plena Guerra Fría y el Gobierno de Estados Unidos buscaba, para poder controlar el Oriente Próximo y el sudeste asiático, un sitio que tomase el relevo de la base de Adén, considerada, ya entonces, demasiado expuesta.
En previsión de este tipo de necesidades, Gran Bretaña había separado las islas Chagos de la futura República de Mauricio, creando, en 1963, el Biot (British Indian Ocean Territories).Podía, pues, comenzar la transacción con el Gobierno norteamericano.Una transacción que fue un modelo de la hipocresía y de la cruel indiferencia con la que las grandes potencias modernas tratan a las minorías. La negociación muestra también que no se trata sólo de seguridad militar o de estrategia, sino más bien de dinero.El acuerdo firmado entre Gran Bretaña y EEUU determinaba que el Gobierno norteamericano debía reembolsar a Reino Unido gran parte de los gastos ocasionados por la descolonización.
Costes de la operación
El presupuesto de la operación se estimó en unos 10 millones de libras, de las que una parte importante iba a Mauricio y a las Seichelles, 3 y 6,2 millones de libras, respectivamente.Otra parte iba destinada a la compra de la compañía (Agalego Chagos Co.), que explotaba el copra en Diego García (1,35 millones).Quedaba el coste del desplazamiento de la población, estimado entonces en unas 650.000 libras.
Se suponía que Gran Bretaña pagaba la mitad de esos gastos. En realidad, entre 1968 y 1971, Estados Unidos entregó 14 millones de dólares por el derecho a instalarse en Diego García, es decir, la casi totalidad del presupuesto previsto inicialmente. Además, Reino Unido recibió de EEUU la seguridad de que la deuda contraída por el equipamiento del Ejército británico con misiles Solaris sería enjugada por este acuerdo. La única exigencia del Gobierno norteamericano fue que la nueva base militar americana quedase completamente libre de habitantes, por razones de seguridad.
La lectura de los archivos del Gobierno norteamericano, que cuentan el debate que tuvo lugar en la Cámara de diputados el 4 de noviembre de 1975 sobre la base de Diego García y el desplazamiento de su población, es realmente instructiva. Según el informe de John Culver, senador por Iowa, durante los acuerdos previos, el Gobierno británico describió el archipiélago de Chagos como si estuviera deshabitado, sólo poblado temporalmente por trabajadores inmigrantes procedentes de Mauricio para la recogida y el tratamiento del aceite de copra. Al cerrar la fábrica de Diego García, los obreros volverían a su casas y se solucionaría el problema.
Para vencer las reticencias del Gobierno norteamericano, siempre sensible a las cuestiones relacionadas con los derechos humanos, la oferta de Gran Bretaña iba acompañada de una promesa de proporcionar a los chagosianos una vivienda y un puesto de trabajo en Mauricio e, incluso, una huerta para cultivar.
Estas dos mentiras fueron las que permitieron el desplazamiento de los chagosianos y, según las propias palabras del informe de John Culver, escribir «el triste último capítulo» de su vida en sus islas nativas, mientras los ingleses se lavaban las manos sobre su suerte.
Porque la realidad fue muy diferente. Entre 1968 y 1971, las 300 familias, integradas por más de 1.500 chagosianos, vinculadas a este territorio durante generaciones, fueron expulsadas sin miramiento alguno, no sólo de Diego García, sino también de las islas vecinas, Salomón y Peros Banhos.
Ni siquiera tuvieron que recurrir a la violencia. A muchos de los isleños que estaban de viaje en Mauricio les fue denegado el derecho a volver a Chagos para recoger sus pertenencias y tuvieron que quedarse en el exilio con lo que llevaban en sus maletas.
Tras haber vivido siempre aislados, los chagosianos no tenían defensa ni verdadera representación. La desaparición de la fábrica de copra, su única fuente de aprovisionamiento, les dejaba a merced de las autoridades. Para evitar cualquier crítica, Londres recurrió a los servicios de lo que podríamos llamar una milicia privada, que fue la que procedió a las expulsiones.
Las últimas deportaciones, en 1971, fueron especialmente dramáticas.Ancianos, mujeres y niños fueron reunidos y embarcados a la fuerza en el Nordvaer, dejándolo todo atrás. Según los testimonios, a los que intentaban resistirse se les ofrecía la opción Hobsor, el nombre del oficial estadounidense encargado de vigilar el embarque: «O se van o morirán de hambre».
La instalación en Mauricio no fue menos dramática. Las promesas del Gobierno británico se quedaron en papel mojado y la situación económica de Mauricio, durante los años posteriores a la independencia, hizo especialmente difícil la inserción de estos nuevos inmigrantes.
Una gran parte de las familias chagosianas encontró refugio en los abrigos anticiclones prestados por el Ejército inglés, una especie de medio cilindro de chapa de zinc, que se transformaba en un horno durante el día, en condiciones de promiscuidad y de falta de higiene evidentes. Otros fueron encontrando como pudieron alguna vivienda en los barrios pobres de Port-Louis, Cassis, Pointe aux Sables, Cité La Cure o Rochebois.
Pero no había trabajo. Y las condiciones de vida eran las de los proscritos. Un informe publicado en 1975 por el Instituto para el Desarrollo y el Progreso (Helene Siophe) describía la terrible situación de los exiliados chagosianos en Mauricio.De las 277 familias interrogadas, la mitad reconocía vivir en viviendas miserables, con unos ingresos de entre 10 y 25 rupias al mes (lo equivalente en francos franceses de la época). El único trabajo que se les ofrecía era el de peones en los muelles de Port-Louis. La mayoría de los niños no estaban escolarizados.
Treinta años después del shock del exilio, aunque sus condiciones de vida han mejorado, los chagosianos siguen teniendo un profundo sentimiento de abandono. Un vídeo reciente rodado por un equipo de Mauricio presenta la amargura de esta gente que ha sido víctima de una injusticia tan enorme. En su isla natal, Diego García, la base militar se ha instalado para quedarse.
Múltiples depósitos de fuel han sido construidos en la franja del atolón, poniendo en peligro el equilibrio ecológico. De su pista de vuelo despegan los bombarderos para sus misiones en Camboya, Afganistán e Irak. A pesar de los tratados antinucleares del Océano Indico firmados por Mauricio y por la mayoría de los países ribereños, nadie duda que, tarde o temprano, la base de Chagos acogerá misiles de ojiva nuclear.
El Gobierno estadounidense denegó a los exiliados el derecho de ir a colocar flores en las tumbas de sus familias, so pretexto de los imperativos de la seguridad en la guerra contra el terrorismo.Ya los ingleses habían negado a la población de las islas el derecho a participar en el mantenimiento del cementerio, porque eso significaría reconocerles sus raíces.
¿Qué queda hoy de ese mundo apacible donde los chagosianos vivían al día, preservando el frágil equilibrio de los atolones? En un reciente intento de conciliación, Reino Unido ofreció a los chagosianos la nacionalidad británica, que les permitiría, sin duda, aunque con ciertas restricciones, ir a trabajar como peones a Gran Bretaña. ¿Puede ser eso una compensación por la pérdida de su patria?
Como todos los refugiados del mundo, los exiliados no han perdido la esperanza de regresar algún día a sus islas natales. Y siguen soñando con ese día en el que, a pesar de la inconsciente insolencia de las potencias militares, el mundo recuperará su razón y sabrá hacer justicia a los chagosianos.
J.M.G. Le Clezio es escritor, de doble nacionalidad, francesa y mauricia, y autor, entre otras obras, de Le Procès-verbal.
http://www.elmundo.es/papel/2003/03/23/mundo/1362421.html
http://www.pacom.mil/imagery/archive/0110photos/011012diegob2-h.jpg
Sin palabras  _________________
Bandera argentina que ondeó en la BAM Malvinas desde el 2 de abril de 1982. |
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